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Thursday, 6 May 2010

The End

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Aunque Joel Loves Clementine llevaba muerto un tiempo, hasta ahora no había sabido cómo despedirme de un blog tan especial para mí. Sin embargo, a principios de año tuve la suerte de acudir al curso "Análisis y comentario de textos fílmicos" impartido por el gran Luis Úrbez. Al finalizar dicho curso realicé un trabajo sobre ¡Olvídate de mí! con el propósito de obtener un par de créditos de libre elección para mi carrera y atreverme de una vez por todas a analizar uno de mis cinco films favoritos. Pero además, conforme lo iba fraguando me di cuenta de que este trabajo podía ser el cierre ideal de Joel Loves Clementine.
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Tyler Durden sigue pululando por la red dedicado a la escritura amateur y tareas más oscuras, y podréis seguir todas mis futuras votaciones y críticas en Fimaffinity. Pero este blog termina aquí, con un homenaje a la película que le dio título. No obstante, voy a mantenerlo abierto indefinidamente para quien quiera bucear a través de los dos años de frenética actividad que lo hizo crecer.
En el trabajo se me exigió seguir el siguiente guión: a) Contenido temático; b) Juicio cinematográfico; c) Contextualización social y personal. Así lo hice. Recomiendo que sea leído por personas que ya hayan visto la película, porque la analiza muy minuciosamente. Para ello me serví de una Memoria Narrativa realizada por mí gracias a todo lo que aprendí de Luis, y a la que hago constantes referencias a lo largo del trabajo. He aquí dicha memoria:
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Sin más dilación, reproduzco aquí parte del trabajo, a modo de despedida. Muchas gracias a todos los que seguisteis este blog en alguna ocasión:
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¡Olvídate de mí!, por David A.

a) Contenido temático.
¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004) es una película sobre el amor y el recuerdo.
Sobre el recuerdo
El film de Michel Gondry presenta vagos paralelismos con el mensaje que pretendía transmitir Kieslowski con su Azul (Trois couleurs: Bleu, 1993). Recordar es necesario. El olvido no es la solución, sino el gran problema (pues olvidar u obviar el pasado no enseña: anula).

¡Olvídate de mí! analiza el dolor que conlleva el olvido por tres caminos alternativos pero confluyentes. A través de la mente de Joel durante el proceso de borrado, vivimos en primer lugar el dolor que trae ser consciente de olvidar. La confusión del comienzo (12. y 18.) da paso a una cierta sensación de liberación (19. «Te estoy borrando y soy feliz»), pero Joel pronto descubre horrorizado, ante el recuerdo de su Clementine amada (26.), que el olvido mata tu pasado, que el olvido ES la muerte.

En segundo lugar, experimentamos la rabia y el dolor del olvidado.
Cuando Joel se presenta, reconciliador, ante una Clementine que ni lo reconoce (13.), la extraña situación le corroerá. De repente, él no es nada. Han sido borrados dos años de su vida, una vida que ya sólo él recuerda. Porque amar es compartir. Compartir una ilusión, un proyecto vital, una pasión, una rutina… y un pasado. Olvidar el pasado corta los lazos entre las personas y hace imposible la convivencia. Olvidar te anula tanto como ser olvidado.

Y finalmente, también sentiremos la desesperación que conlleva ser consciente de tu falta de recuerdos. Viviremos el dolor de este descubrimiento a través de Mary (32. —REALIDAD—). Olvidar, se nos dice, no es solución sino muerte… y además el pasado siempre vuelve. Mary vuelve a besar al doctor Howard y Joel viaja impulsivamente hasta Montauk tras su Clementine olvidada. Resulta irónico ver a Mary destrozada tras las previas y constantes alabanzas al desmemoriado. Olvidar los tropiezos nos lleva a caer ante las mismas piedras, en un demoníaco bucle que nunca termina. Pues el olvidadizo estará interminablemente expuesto a sus antiguas equivocaciones (amén de a algún que otro Patrick sin escrúpulos (25.)). Para superar el bucle, para progresar, se hace completamente necesaria la memoria, el recuerdo. Sólo recuperándola podrá Mary cerrar la puerta que de nuevo había abierto al doctor Howard; sólo al recuperarla, Joel y Clementine pueden verse (38. y 39.) y plantear una relación seria y adulta.

En mi opinión, no es casual que se cite a Nietzsche (32. —REALIDAD—): nuestros desmemoriados protagonistas viven una especie de eterno retorno del que sólo pueden sacar algo en claro a través de la memoria. Los personajes sólo aprenden cuando vuelven a recordar. Estamos atados a nuestras pasiones, sí, pero también tenemos una memoria que nos puede ayudar a no caer en los mismos errores o, al menos, a estar preparados para la caída.

Sobre el amor

Clementine: Me ha encantado conocerte, no sé (se marcha del apartamento de Joel).
Joel: ¡Espera!
Clementine: ¿Qué?
Joel: ¡No lo sé! Sólo espera…
Clementine: ¿Qué quieres, Joel?
Joel: No lo sé. Quiero que esperes sólo, un rato.
Clementine: Vale.
Joel: ¿En serio?
Clementine: No soy un concepto, Joel. Soy una mujer jodida que busca su propia paz de espíritu, no soy perfecta.
Joel: No veo nada que no me guste de ti.
Clementine: Pero lo harás.
Joel: Ahora mismo no lo veo.
Clementine: Lo harás. No sé, ya se te ocurrirán cosas. Y yo me aburriré de ti y me sentiré atrapada porque eso es lo que me suele pasar.
Joel: (Silencio)… Vale.
Clementine: ¡¿Vale?!
Clementine: Vale (risas).
Joel: Vale.

¡Olvídate de mí! es una película sobre el amor.

¿Podría ser considerada una comedia romántica? Podría. Pero parafraseando al crítico cinematográfico Sergi Sánchez, estaríamos hablando de «la comedia romántica más tenebrosa jamás filmada». El amor de ¡Olvídate de mí! no es el amor puerilmente mitificado de cualquier estúpida e insípida comedia romántica estándar. Joel es un ser aparentemente apocado y retraído, rayando lo mediocre. Clementine, una “borrachina” superficial y excesiva. Pero estas dos personas se han amado y eso lo inunda todo. Su historia no es pura pasión y-barra-o romanticismo cateto, sino que presenta claros tintes naranjas, rojos, verdes y azules que la hacen maravillosa por real y cercana. El amor de ¡Olvídate de mí! es un amor real, con sus fisuras y su poso amargo; y por real, duele.

No me extenderé mucho con el diálogo final entre Joel y Clementine (39.) arriba expuesto, ya que también será tratado en el posterior juicio cinematográfico de la película. Pero he de decir que me parece el final más bello y honesto posible para una película sobre el amor.

El amor duele, el amor fracasa. Y el amor insiste. Podrá torcerse todo, podrás, incluso, augurar que todo ha de torcerse, que esa es la ley: todos perdemos al final. A largo plazo cualquier vida se descubre como la historia de una derrota. Pero eso no importa, o al menos no importa ahora. Ahora que estás enamorado. Ahora que la pasión te quema por dentro. Cuando hay amor, sólo el amor importa.

Al final vencerá el olvido. Y es por ello por lo que deberíamos aprovechar con intensidad, creo, este hoy vital; este hoy resplandeciente donde reina el amor y el recuerdo. Por ello resulta imposible no sentirse bien tras escuchar ese «Vale» final compartido entre risas y alguna que otra lágrima. Que Joel, Clementine y todos nosotros aceptemos el fracaso vaticinado por un choros en forma de cassette no tiene porqué llevar a renunciar al juego. Porque eso es la vida y eso es el amor: jugar y apostar por algo aunque las cartas estén marcadas y la partida perdida de antemano.
Por tanto, repito y matizo: ¡Olvídate de mí! es una MARAVILLOSA película sobre el amor y el recuerdo.
Y sin lugar a dudas, el más bello, sincero y realista canto a la vida que he visto en el cine contemporáneo.
b) Juicio cinematográfico.

Antes de entrar de lleno en el juicio cinematográfico de la película, resulta completamente necesario abordar, aunque sea tangencialmente, las figuras de Michel Gondry y Charlie Kaufman, director y guionista de ¡Olvídate de mí!Hay ciertos críticos que se permiten la licencia de otorgar la mayor parte del mérito de esta película a Charlie Kaufman. Y creo que están equivocados. Resulta innegable que Charlie Kaufman es el guionista más interesante del panorama actual, pero un artefacto como el de ¡Olvídate de mí! no habría funcionado en manos de cualquiera, y mucho menos habría podido ser trasformado en una obra maestra.
Kaufman aporta un guión de hierro perfectamente hilvanado, cosa que también hizo en sus anteriores y muy interesantes trabajos (Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich, 1999) y Adaptation. El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002), dirigidas por Spike Jonze), pero la responsabilidad de traducir el artefacto en imágenes recae únicamente en Michel Gondry, un magnífico director surgido del mundo del videoclip (al igual que otros interesantes directores como David Fincher o el ya nombrado Spike Jonze). Desde sus más interesantes trabajos en el medio primigenio (pensemos, por ejemplo, en el Knives Out de Radiohead o el Bachelorette de Björk) ya auguraba una potente imaginería, y es en el cine donde ha confirmado su talento.

Faltaría a la veracidad al negar el mérito a uno o a otro. ¡Olvídate de mí! es un milagro conjunto, el resultado del choque de dos estrellas que eclipsaron todo a su alrededor. Michel Gondry ha seguido iluminándonos con su magia naïf en maravillas como La ciencia del sueño (La science des rêves, 2006) o Rebobine, por favor (Be Kind Rewind, 2008), pero la ausencia de Kaufman trajo unos guiones más lineales e infantiles que mantuvieron a ¡Olvídate de mí! en la cúspide de su obra.
Por su parte, Kaufman intentó pasarse a la dirección en la todavía inédita en España Synecdoche, New York (2008), pero el enrevesadísimo guión se vio constantemente lastrado por una plétora excesiva de anodinas imágenes muertas creadas con escasa pericia cinematográfica.

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Tras echar un vistazo a la memoria narrativa que he intentado esbozar, podríamos relatar el guión de esta historia de la siguiente manera: al principio (de 1. a 9.) veremos un falso comienzo de la relación afectiva entre Joel y Clementine, ya que en realidad se trata de su “segunda primera vez” (aunque por otro lado, para ellos sí es una primera vez ya que —tal y como iremos viendo a lo largo de la película— la auténtica primera vez ha sido borrada de sus mentes). Pero en este punto del metraje COMPARTIREMOS la situación con los personajes desde su desmemoriado punto de vista.
Tras esto llegarán los títulos de crédito (10.), algo chocante pues ya se nos habían olvidado. Pero es después de estos créditos, que al principio parecen ser un elemento extraño y desubicado (aunque los desubicados somos nosotros) cuando comienza la verdadera explicación del relato, que irá abriéndose ante nosotros poco a poco y nos permitirá DESCUBRIR, gracias al proceso de borrado, la relación entre Joel y Clementine desde su “primer primer” encuentro hasta la disolución de su relación. Y este enorme, emotivo y no lineal “flashback” (que va de los títulos de crédito a la escena 34., que enlaza con la 1.) nos permitirá comprender el verdadero alcance y significado del encuentro que habíamos visto al comienzo del film.
Cerca ya del final (37.), se continuará y matizará la situación planteada al comienzo de la película, y los personajes descubrirán gracias a las cintas de Mary lo que nosotros ya sabíamos. Y al final, puestas ya todas las cartas sobre la mesa, COMPARTIREMOS con ellos en el clímax de esta historia un mismo punto de vista, en el pasillo frente a frente.

Ante un guión tan aparentemente enrevesado, sin embargo, resulta sorprendente visionar el film y descubrir lo fácil que resulta comprender la historia. Hay que estar muy poco habituado al cine o prestar muy poca atención al devenir del relato para no seguir con facilidad el desarrollo de la trama. Aunque ante la memoria narrativa parezca imposible que un puzle narrativo tan complejo pueda resultar fácil de ver, lo cierto es que la película siempre te da la mano.

Podríamos hablar de algún que otro detalle del guión que hace más transitable el relato, como las alusiones a San Valentín (ver escenas 7. y 17.), el Oh My Darling Clementine (5., 29. —MENTE DE JOEL— y 34. —MENTE DE JOEL—) o la abolladura en el coche (1. y 19. —MENTE DE JOEL—), pero para comenzar a abordar la encomiable labor de Michel Gondry en la dirección me centraré en el inteligente uso del color que realiza.
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.Centrémonos en el pelo de Clementine: desde casi el comienzo de la película (5.) se dejan claras las reglas del juego. «Aplico mi personalidad a un tinte», explica Clementine a Joel en el tren. Antes, nos ha enumerado sus diferentes tipos de “color-tinte”: Azul “ruina”, “amenaza” roja, “fiebre” amarilla y “revolución” verde.
A partir de entonces cabría preguntarse: ¿qué sentido tiene colocar a Clementine un azul “tristeza-ruina” en el comienzo de la película? ¿No sería mejor una “revolución-esperanza” verde ahora que está conociendo a Joel? ¿O quizá Clementine es alguien que acaba de pasar por algo traumático? El color del pelo de Clementine al comienzo del film nos empieza a plantear una seria de preguntas que enrarecen este “primer” encuentro.
Y no sólo eso: si nos fijamos detenidamente, a lo largo de todo el metraje anterior a los títulos de crédito el clima cromático es claramente azulado (azul “ruina”). Parece que algo no va bien, y si a esto le añadimos la sensación de extrañeza que flota en el ambiente (la conversación en el tren con esa extraña música de fondo —gran trabajo del músico Jon Brion—, el despertar confuso con abolladura incluida, el viaje impulsivo de Joel a Montauk, páginas del diario arrancadas, la grieta en el río helado, un desconocido que golpea en el cristal de su coche…) parece que hay algo por contar que no sabemos, que no casa… parece que falta una explicación.

Volviendo al pelo de Clementine, veremos cómo a lo largo de la película ejerce no sólo una función narrativa y clarificadora asombrosa (nos permite diferenciar la realidad de la mente de Joel o distinguir sin problemas las distintas fases de su relación —no es casual que la primera vez que Joel se arrepienta del borrado (26.—MENTE DE JOEL—) coincida con la primera vez que Clementine nos muestre su “amenaza-pasión” roja, dejando atrás un naranja que no es más que una forma degradada del rojo—), sino que también es usado con una función dramática poderosísima: sólo hay que pensar en las divergencias emocionales que se dan entre un Patrick y una Clementine confusa y azul (26. —REALIDAD—) y la Clementine de pelo rojo junto a Joel (26. —MENTE DE JOEL—), o en su primer recuerdo juntos en Montauk (34. —MENTE DE JOEL—), donde es la única vez que podremos contemplar a una Clementine de pelo “revolución-esperanza” verde que podría reflejar tanto el anhelo que aquel día les unió o el recuerdo distorsionado de un Joel que todavía espera no olvidar a su Clementine a pesar del proceso de borrado.
Merece la pena detenerse un momento aquí (34. —MENTE DE JOEL—). Tras tanta huída sin fruto, una avioneta “revolución” roja sobrevuela el último recuerdo a borrar. Parece que algo puede pasar. Cae la “noche-olvido” y Joel y Clementine se introducen en esa casa que no es más que un poderosísimo símbolo de su relación («Nuestra casa», dice Clementine). Pero el proceso de borrado continúa y las “olas-tiempo” se introducen hasta la cocina erosionando toda la casa, llenándola de arena mientras las paredes se derrumban… Clementine le ruega que se quede, que traicione a su propio recuerdo e invente una despedida. Joel se queda, Joel la besa, y Clementine le susurra: «Nos vemos en Montauk».
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.Y de ahí volvemos al principio, a ese Joel desmemoriado y azul que, impulsivamente, coge un tren con destino a Clementine.

¡Qué difícil resulta trasladar en palabras imágenes tan bellas! Sólo viendo ¡Olvídate de mí!, y no leyendo sobre ella, se puede admirar completamente la maestría de Michel Gondry a la hora de plasmar en imágenes el guión de Kaufman.
Antes de terminar mi breve juicio cinematográfico, no obstante, me gustaría dejar constancia de cuatro escenas concretas, a mi parecer sublimes. Podría elegir muchas más, pero no quiero resultar pesado.

1. (38.) El clímax ante las cintas grabadas. Jamás vi un efecto parecido en otra película. Por un lado, tenemos al Joel y a la Clementine “post borrado” conversando, intentando crear los lazos necesarios para comenzar una relación. Pero a sus voces se acoplan las de un cassette, pertenecientes a un Joel y a una Clementine “pre borrado” totalmente hartos de la relación. El efecto dramático es intensísimo y sin ese juego de voces discordantes sería muy difícil que el «Vale» final compartido llegase tan hondo al espectador.
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.2. (13.) Joel en casa de sus amigos, relatando cómo fue a visitar a Clementine a la biblioteca y ésta no le reconoció. Magnífico flashback. La película nos muestra el recuerdo: un Joel confuso alejándose de Clementine. De repente, las luces de la biblioteca empiezan a apagarse, y antes de que todo quede a oscuras, Joel está saliendo por la puerta de una habitación de la casa de sus amigos. Es muy difícil de explicar esta escena si no ha sido visionada… pero cuando vi en el cine este acoplamiento recuerdo-presente me entraron ganas de levantarme y aplaudir. Completamente audaz y cinematográficamente asombroso.
.3. (28. —MENTE DE JOEL—) Lo cierto es que todo el proceso de borrado está filmado de una forma virtuosísima. Podría recordar los tallarines que desaparecen de la mano de Joel (23. —MENTE DE JOEL—), la atmósfera kafkiana del comienzo (18. —MENTE DE JOEL—)… pero me conformaré con comentar este fragmento. Joel junto a Clementine, en su casa, decide escapar del borrado yendo a algún lugar de su cerebro al que Clementine no pertenezca. Pronto empieza a rememorar las tardes lluviosas de su infancia («Rema, rema, rema…»), saltando charcos, y todo se mezcla. Empieza a llover dentro de la casa y la cámara nos muestra una bicicleta. Pronto será un niño debajo de la mesa de la cocina. La escena resulta cinematográficamente deliciosa y delicada, una maravilla.
...4. (33. —MENTE DE JOEL—) He dejado para el final una de mis favoritas. Joel va a visitar a una Clementine por primera vez (última si seguimos el orden estricto del borrado y no el del recuerdo) pelirroja, a la biblioteca donde trabaja. El recuerdo de la conversación que tuvieron se mezcla con la conciencia de Joel de que todos sus recuerdos van a perderse. «Si pudiéramos volver a empezar…». Clementine pide a Joel que intente recordarla de verdad. Al fondo, todos los libros comienzan a blanquearse, hasta que finalmente incluso Clementine desaparece.
Es en estos momentos cuando se aprecia la verdadera maestría de Gondry. Cualquier otro director habría intentado subrayar una escena tan clave como ésta añadiendo un piano melancólico o qué sé yo, un coro operístico que dejara constancia del drama que se está viviendo en aquel momento. Como mucho, las palabras de algún libro habrían comenzado a borrarse por algún tipo de procedimiento digital espectacular. Gondry, sin embargo, opta por el camino de la sutileza. Deja hablar a sus personajes mientras al fondo las tapas de esos libros se blanquean triste y calladamente. Michel Gondry no se preocupa por hacer ostentación de sus magníficas ideas visuales: para eso ya tiene los videoclips. Prefiere dejar su saber hacer en segundo plano y permitir que los protagonistas puedan hablar cara a cara, muy cerca del espectador. Gondry pone su maestría visual al servicio de la película, y no la película al servicio de su maestría. Y eso no sólo le honra, sino que le hace aún más grande.


Para terminar mi juicio, añadiré que el tono, la ambientación y la caracterización de los personajes (amén de las interpretaciones) me parece acertadísimo.
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.LACUNA INC. no es un centro frío y futurista, sino que se presenta al espectador tan cercano como una clínica dental, con unos empleados muy alejados del típico científico frío: se trata sólo de gente joven, personas que durante los borrados beben o se fuman algún canuto (en ¡Olvídate de mí!, los clichés no tienen cabida). Creo que todo esto permite en cierto modo aceptar sin tantas reservas lo inverosímil de la premisa central: existe un procedimiento que permite borrar ciertos recuerdos selectivamente.
Y es que se equivocan los que buscan en ¡Olvídate de mí! una especie de ficción científica. No es esa la intención de la película. El proceso de borrado es tan solo un enorme e inteligente macguffin que permite relatar una bellísima historia con un orden y una intensidad muy concretos.
c) Contextualización social y personal.
El “amor-creación” es un sentimiento eterno, quizás lo único que merezca la pena en esta vida, tenga sentido o no. Y el “olvido-muerte”, nuestro destino. Es difícil no contextualizar estos dos grandes temas, los más grandes, los únicos, dentro de una sociedad, dentro de una época o dentro de una persona. Son inseparables del ser humano y de todo lo que le rodea.
Vivir como hombre es tener conciencia de vivir y de ser hombre. Algo así decía Sartre. De nada me sirven paraísos primigenios irracionales e inhumanos porque en ellos no tiene cabida el hombre. La conciencia prerreflexiva, para el que la quiera. Algo de eso resuena en esta película: el “recuerdo-consciencia” es el único camino posible, a pesar de sus piedras y sus defectos. Y hablando de piedras, resulta difícil omitir al Sísifo dichoso de Camus, ese hombre rebelde que vive en constante rebelión, empapado de absurdo. Algo de eso resuena en el «Vale» final compartido por Joel y Clementine.
Si hay algo por lo que merece la pena interesarse, será por el amor y por la vida (o llámenlo sexo y muerte, o creación y destrucción, o…). Por eso resulta imposible no interesarse por ¡Olvídate de mí!
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.Sí: hay más películas contemporáneas ciertamente interesantes que aportan una visión certera al inagotable tema del amor. Interesantes porque repiten las cosas en las que creo (o quizá es que al visionarlas descubro que llevo toda mi vida creyendo en eso, no estoy seguro).
Vienen a mi memoria Punch-Drunk Love (Embriagado de amor) (Punch-Drunk Love, 2002), El nuevo mundo (The New World, 2005), Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) o Alta Fidelidad (High Fidelity, 2000), con su deliciosa transición “aprendiz-crítico-creadora” y el vibrante «Estoy harto de todo lo demás, pero no me harto de ti».
También existen films muy reivindicables sobre el olvido del amado como El año pasado en Marienbad (L'annèe dernière à Marienbad, 1961), o sobre el olvido a secas en forma de puzle narrativo, como Memento (Memento, 2000).Sí: hay y habrá más películas que puedan relacionarse con ¡Olvídate de mí!Pero ¡Olvídate de mí! sólo hay una.

Hay muy pocas películas que considere verdaderamente rayanas a la perfección. Persona (Persona, 1966) lo es porque es única, irrepetible y la cumbre del más grande, o de uno de ellos; y Arrebato (1979), con su inmejorable acercamiento al vampirismo iconográfico. Del mudo, resulta imposible no pensar en La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928): parece mentira que algo así pudiese forjarse en los felices 20. Y también podría incluir las Historie(s) du cinéma (1988) de Godard, aunque se realizasen para la televisión. ¡Olvídate de mí! forma parte de este privilegiado grupo.

¿Por qué?
Porque me hizo llorar y sufrir; porque este nuevo Méliès hiperdotado removió mis entrañas y sacó al niño soñador que todos llevamos más o menos dentro; por su amable sentido del humor y por su magia y por todo lo que antes he intentando describir con torpes palabras; por su perfección formal y su cercanía; por esos grandes temas tratados de forma tan humilde; por aportar algo de belleza a este viejo y cansado mundo.

[...] Una obra es una obra maestra cuando respira y se hace independiente del propio creador. Cuando está viva y late tras cada visionado. Realizando este trabajo siento forjar un mero esbozo de todo lo que late bajo ¡Olvídate de mí!, pero eso no es algo que me frustre, ¡al contrario! Sólo siento orgullo y paz ante esta sensación de incompletitud e inabarcabilidad que me afianza aún más en la creencia de que mi corazón no me engañaba: estaba ante una verdadera obra de arte.
Sin más, termino. Espero sinceramente que hayan disfrutado leyendo este trabajo, al menos, la mitad de lo que yo disfruté escribiéndolo. Para mí sería suficiente.
¡Nos vemos en Montauk!.

Tuesday, 7 April 2009

Juegos de verano

1950 Suecia Ingmar Bergman Herbert Grevenius Erik Nordgren Gunnar Fischer
Maj-Britt Nilsson Birger Malmsten Alf Kjellin Mimi Pollak Renée Björling Sommarlek
- Todos están vivos. Corren por las calles. Y aquí estoy yo, comiendo y bebiendo. En el teatro, bailamos y jugamos... Henrik está enterrado y comienza a pudrirse. Un momento antes, nos reíamos de todo. Estaba en mis brazos. Le besé en los labios.
- Eso es la vida.
-¿Es que la vida no tiene sentido?
- No, cariño. Nada tiene sentido a largo plazo.
- No creo que Dios exista. Y si existe, le odio. Y jamás dejaré de odiarle. Si lo tuviera aquí delante, le escupiría a la cara. Lo odiaré mientras viva. No lo olvidaré. Lo odiaré hasta el día que muera.
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Tuesday, 24 February 2009

¡Especial David Fincher!

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La imprescindible web de cine Miradas acaba de dedicar un especial al controvertido director David Fincher, con motivo de su reciente "Benjamin" (es decir: en el peor momento de su carrera).
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Algunos artículos, escritos por auténticos gilipollas que no fueron capaces ni de entender El club de la lucha (su mejor película -lean mi crítica aquí-), le meten bastante caña, pero no dejan de ser interesantes. Y otros saben destacar las intenciones y maestría de este genio de la dirección, de lo mejor que se puede encontrar hoy día (con permiso de Gondry, Nolan, Tarantino, los Coen y alguno que otro más).
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Disfruten los artículos:
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Y si os habéis quedado con ganas de más, os dejo un análisis completo de cada una de sus películas (exceptuando La habitación del pánico):
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Monday, 2 February 2009

Recordando... Antes del amanecer

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Before Sunrise 1995 Richard Linklater Ethan Hawke, Julie Delpy
"Por la mañana seremos historia".
Richard Linklater & Kim Krizan Fred Frith Lee Daniel
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Un análisis sobre la segunda parte de este magnífico film y su director (por Manuel Yáñez).
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Wednesday, 7 January 2009

Oda al cine mudo (por Paul Auster)

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"Yo no era aficionado al cine (…). Me gustaba igual que a todo el mundo: para mí era una distracción, papel pintado en movimiento, una nimiedad. Por muy bellas o hipnóticas que a veces fueran las imágenes, nunca me daban tanta satisfacción como las palabras. Era demasiado explícito, pensaba yo, no dejaba bastante espacio a la imaginación del espectador, y la paradoja consistía en que cuanto más se acercaba el cine a simular la realidad, menos lograba representar el mundo: tanto lo que está en nosotros como a nuestro alrededor. Por eso siempre había preferido instintivamente los films en blanco y negro a las películas en color, el cine mudo al hablado. Se trataba de un lenguaje visual, de una forma de contar historias proyectando imágenes en una pantalla de dos dimensiones. La incorporación del sonido y del color había creado la ilusión de una tercera dimensión, pero al mismo tiempo había robado pureza a las imágenes. Ya no eran ellas quienes se encargaban de todo, y en vez de hacer del cine el medio híbrido perfecto, el mejor de los mundos posibles, el sonido y el color habían debilitado el lenguaje que debían haber realzado (…). Pese a todos los cambios que habían sobrevenido desde entonces (…), [el cine mudo] resultaba tan fresco y estimulante como lo había sido el día del estreno. Aquello se debía a que (…) habían inventado una sintaxis de la mirada, una gramática de cinética pura, y salvo por el vestuario, los coches y el anticuado mobiliario que aparecía en segundo plano, su obra no podía envejecer. Era pensamiento plasmado en acción, voluntad humana expresándose mediante el cuerpo humano, y por tanto era para siempre. En su mayoría, las películas mudas no se habían molestado en contar historias. Eran como poemas, como interpretaciones de sueños, como intrincadas coreografías del espíritu, y, al estar ya muertas, quizá a nosotros nos llegaban más profundamente que a los espectadores de su época. Las veíamos al otro lado de un gran abismo de olvido, y las mismas cosas que las separaban de nosotros eran en realidad las que las hacían tan fascinantes: su silencio, su ausencia de color, su ritmo irregular, acelerado (…). Ya no teníamos que fingir que estábamos contemplando el mundo real. La pantalla plana era el mundo, y existía en dos dimensiones. La tercera dimensión estaba en nuestra cabeza".


The Inner Life of Martin Frost 2007 Paul Auster Laurent Petitgand
En El libro de las ilusiones volveréis a encontrar todas las constantes del autor de La trilogía de Nueva York.
Lo que más me fascina de este hombre es su inabarcable juego de espejos vida-ficción-realidad. De una surge la otra, mientras la ficción vuelve de nuevo a trastocar la realidad. Veamos un ejemplo: Paul Auster estuvo interesado en su juventud por el cine, tanto que pasó un tiempo escribiendo guiones que él creía relegados al olvido, pues no tenía medios ni capacidad para llegar a reflejarlos en pantalla. El título de uno de ellos fue La vida interior de Martin Frost. En El libro de las ilusiones, David Zimmer es un profesor de literatura muerto en vida tras el fallecimiento de su familia que, rico a causa de la desgracia, agota su tiempo escribiendo un libro sobre un autor de cine mudo desconocido (y que no existe en la realidad): Hector Mann. ¿La razón? Él le arrancó su primera sonrisa tras el accidente, él fue el responsable de mostrarle que todavía había alguna posibilidad de seguir con su vida. Al final del libro consigue ver una película inédita de dicho cineasta que acabará siendo pasto de las llamas. ¿Su título? La vida interior de Martin Frost. En 2007 Paul Auster estrenó nueva película: sí, era La vida interior de Martin Frost. ¿Y os he dicho ya que Auster comenzó a escribir tras hacerse rico por una herencia?
Christophe Beaucarne David Thewlis, Irène Jacob, Sophie Auster, Michael Imperioli

Recordando... El séptimo sello

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. Det sjunde inseglet (The Seventh Seal) 1957ngmar Bergman Erik Nordgren Gunnar Fischer
"Hubieras gozado más de la vida despreocupándote de la eternidad, pero es demasiado tarde. En éste último instante goza al menos del prodigio de vivir en la verdad tangible antes de caer en la nada"Max von Sydow, Gunnar Björnstrand, Nils Poppe, Bibi Andersson, Bengt Ekerot, Gunnel Lindblom, Maud Hansson, Ake Fridell

Tuesday, 6 January 2009

Queridos reyes magos:

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Este año sólo os pido que Albert Serra no os vuelva a dirigir jamás. O que no vuelva a dirigir en general (sí, casi mejor).
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Wednesday, 3 December 2008

Recordando... Los Rompepelotas

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¡Qué bella es la vida canalla!
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Monday, 8 September 2008

¡Olvídate de mí! (por Adrián Massanet)



"Es tremendamente difícil hablar sobre una obra maestra del arte.

Apenas 3 años desde que vio la luz, Eternal sunshine of the spotless mind comienza a convertirse en una de las películas de culto de la década. De momento hay pocos estudios sobre ella. Éste puede ser fácilmente uno de los primeros. No es intención del autor de estas líneas establecer un hito, sí de estar a la altura del prodigio.

Confieso que estoy dudando mucho de cómo abordar el ataque sobre ella, pues se trata de una obra tan densa y multifacética que se resiste a un análisis formal típico. Lo mejor será lanzarse. Detesto las alabanzas exageradas, los comentarios que no hacen más que sumar palabras grandilocuentes, así que supongo que las siguientes líneas tendrán que ser reescritas una y otra vez a conciencia…
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(...) Muy de vez en cuando, en cine nos encontramos con obras de arte. Hay que bucear en la obra enigmática de Ingmar Bergman, de Dreyer, de Tarkovski, de Lubitsch, de Lang. Cada demasiado tiempo, el cine es arte con mayúsculas: eterno, iluminador, puro, ingenioso.
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Pienso en El padrino II, The Shawshank redemption, The searchers, El espíritu de la colmena…Y en Eternal Sunshine of the spotless mind.
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Hay obras de arte que provocan una indescriptible conmoción emocional, casi espiritual. Que cada vez que las ves descubres algo nuevo. En presencia de obras de arte así, se experimenta un sentimiento profundo, purificador. Uno toma conciencia de lo mejor de sí mismo.
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Estas obras de arte destacan por encima de otras obras de gran calidad (ni qué decir de la gran masa de obras mediocres) en cuanto arranca la narración. Se percibe en la armonía de sus elementos, de todo lo que conforma el plano, la secuencia, la trama, los personajes. Tal cosa sucede aquí desde el primer momento.
Estas obras de arte son ambiciosas de tapadillo. Su apariencia es de humildad total. Son ingeniosas en silencio. Su percepción es de sencillez abrumadora. La humanidad contenida, encerrada y luego liberada, la profunda y terrible comprensión de la dignidad y la mezquindad de los personajes que describe. La inagotable sugerencia de sus ideas y formas estéticas.
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Todo esto, y mucho más, es Eternal sunshine of the spotless mind, dirigida por Michel Gondry en 2004, escrita por Charlie Kaufman (sobre una historia suya, de Gondry y de Pierre Bismuth), e interpretada por Jim Carrey, Kate Winslet, Elijah Wood, Mark Ruffalo, Kirsten Dunst y Tom Wilkinson en los papeles principales (...).
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Para que nadie me diga que suelto cosas sin fundamento, acudiremos a la RAE, en su versión de internet, y escribiremos Parábola. Lo que aparece es lo siguiente: (...) 1. f. Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral. Esto es, sin lugar a muchas dudas, Eternal sunshine of the spotless mind. Una parábola.

Se equivocan los que buscan en ella Ficción Científica. Hay rasgos de ese género en todo lo referente al borrado de memoria, a los artefactos de ese borrado, etc, pero no indaga para nada en los fundamentos de ese género que durante 12 posts ahondamos aquí en Extracine. Y es uno de los motivos que más he leído para infravalorar este film: se pierde en un delirio modernista que podía haber sido una interesante Sci-Fi si la hubieran desarrollado más… Tales perlas, y otras por el estilo, son numerosas. A mi entender, no averiguan qué intenta narrarnos esta historia, sino que dan por sentado que ha de narrar lo que ellos digan. En fin.
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Parábola, a ratos luminosa, a ratos caótica. Un verdadero puzzle laberíntico en el que uno no se pierde, pese a todo, a poco que intente entrar en él con ganas. Hay varios detalles que nos pueden orientar dentro de este puzzle, y podemos seguirlos.
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(...) Cuatro colores para cuatro momentos distintos dentro de una relación de aproximadamente dos años y medio. Son los tintes de pelo de Clementine Kruczynski (Kate Winslet). Por supuesto, no están ahí por casualidad, sino que son una clave o signo que seguir, al mismo tiempo que son una representación de su estado de ánimo y del estado de la relación. Eso es bastante evidente, en orden invertido, el escrito más arriba: el primero de descomposición, el segundo es una falta de intensidad del rojo, el tercero es la pasión, el tercero la esperanza o el aprendizaje, según los cógidos de color universalmente aceptados.

Los pongo en orden invertido porque son el orden, más o menos, en que aparecen en la película, según le van borrando la memoria, cada vez más lejana, de Joel Barish (Jim Carrey). Tenemos una excepción en esta norma, una excepción tremendamente significativa, de la que hablaremos más tarde: se trata de la muy contradictoria secuencia de la biblioteca, en la que ella, a pesar de que están rompiendo (o a que no parece que vayan a estar juntos de nuevo) está teñida de rojo pasión…
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Hay más signos que seguir para orientarnos en la película: el accidente del coche de Joel a manos de una borrachina (...) Clementine, quien se estrella contra una salida de incendios; la libreta/diario de dibujos pensamientos de Joel, que tiene páginas arrancadas (lo que entronca con la secuencia antes citada, ya veremos por qué); la estación de tren y playa de Montauk (sobre todo la estación, que es el punto de encuentro entre el pasado y el presente…); y, por supuesto, el poco agradecido personaje interpretado por un Elijah Wood brillante, el supuesto rival de Joel que logrará una reacción en cadena y nos aclarará un poco la línea temporal de paso.
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(...) En este sublime relato de amor y de soledad, nada está diseñado o concebido sin haber reflexionado hondamente en ello. Por eso los lugares que visitaremos con la pareja se nos quedarán (al contrario que a ellos tras pasar por Lacuna Inc.) fijados en la memoria, y nos ayudarán, de paso, a no perdernos.

Son los siguientes: Montauk (tren, cafetería, playa y mansión solitaria), Lacuna Inc. (sala de borrado, despacho de Howard Mierzwiak -un excelente Tom Wilkinson-, y sala de espera con Mary -el mejor papel de Kirsten Dunst desde Interview with the vampire-), la casa de Clem, la casa de Joel, el lago, la casa del matrimonio amigo de Joel, la biblioteca en la que trabaja Clem, el restaurante chino, el mercadillo, la calle del desfile de los elefantes, la calle de Joel (que desemboca en otra con un cine al aire libre, perpendicular a otra donde ambos se separan para siempre), estación de tren, casa de la infancia de Joel (con un parque cercano donde juega con sus amigos), el bosque otoñal, casa de Howard Mierzwiak (sólo su dormitorio), y la estación de tren de Rockville (donde Joel coge el tren para ir a trabajar).
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(...) Joel y Clementine se conocen en Montauk. Ella se presenta en el tren que les lleva de vuelta a casa. Tras una conversación que es cualquier cosa menos típica (Clementine: My embarrassing admission is I really like that you’re nice, right now), se separan en la estación. Él coge su coche y se la encuentra andando por la calle, se ofrece para llevarla a casa, hace frío. Ella le propone tomarse algo y él acepta (primero dice que mejor no, pero…)…pero hay corte a ambos en la casa de ella. Ella se insinúa, él (tímido a más no poder) decide irse a casa. Ella le pide que le llame cuando llegue: quiere que la felicite por San Valentín.

En cuanto llega la llama por teléfono, ambos quedan para ir al día siguiente al lago. Bella y divertida secuencia: ambos en el lago buscando nombres a estrellas. Tras una noche juntos dando vueltas por ahí, regresan agotados, al amanecer, a casa de ella. Cuando ella le pide que la espere mientras recoge un par de cosas, aparece un desconocido (Patrick/Elijah Wood): le pregunta a Joel si necesita algo…
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Corte a: supuestamente muchos meses después: Joel llorando, ha cortado con Clementine (¿por qué iba a llorar sino?). Al volver a casa se siente paranoico. El vecino le pregunta por Clem. En su casa, se toma pastillas para dormir. Cae redondo, como drogado. Dos misteriosos individuos entran en casa de él (a uno nunca se le ve la cara) y no vemos qué es lo que le hacen. Casi inmediatamente corte a Joel hablando con un matrimonio amigo, en casa de ellos, sobre su ruptura con Clementine (breve flash-back, absolutamente genial, de su encuentro con ella en la biblioteca, lugar fundamental, donde no se le ve la cara al nuevo novio de ella, que parece no reconocerle -las mujeres nunca reconocen a un ex- él huye de allí muy dolido ¡sin cortes pasa de la biblioteca a la casa de sus amigos con sólo apagar la luz! fantásticos f/x caseros). El marido le avisa de que ella se ha borrado la memoria.

(...) Esto que he narrado son, más o menos, los 23 primeros minutos de este film maravilloso. Bien. En ellos están, comprimidos, insinuados, sugeridos, susurrados, todos los enigmas, los vericuetos, los callejones sin salida, de la historia. Son 23 minutos insuperables, escenificados y contados con una sencillez abrumadora, imágenes por completo hermosas y emocionantes (ayudadas por la preciosa música de Jon Brion, música a la par intimista y humorística, minimalista y vanguardista).

Falso inicio y falso final de una relación amorosa de dos seres solitarios y completamente opuestos. Principio feliz y final triste que no están separados por varios meses de relación. El inicio es varios días después del final…Pero eso lo averiguaremos cuando concluya el film: como sabemos los que la hemos visto, el final triste desemboca en una reacción de Joel (borrarse la memoria él también) y a la mañana siguiente del borrado está el segundo encuentro en Montauk, el narrado más arriba.
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El encuentro real fue en Montauk, pero diferente. Aunque más o menos parecido, tenemos la guía que representa el tinte de pelo de Clem (verde en el Montauk borrado, ruina azul en el Montauk revisitado…). Pero, ¿estamos seguros de que el tinte verde es el que marca el día de su verdadero primer encuentro? Bastante seguros: el día del reencuentro desmemoriado, termina, como vemos mucho más adelante, con la escucha de las cintas mandadas por Mary Svevo (Kirsten Dunst) donde ambos escuchan las barbaridades que dijeron del otro (parábola de un reencuentro normal, con las frases que duelen siempre en el recuerdo, impidiendo una reconciliación).
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En ese reencuentro Clementine lleva el tinte ruina azul. Si lo llevara verde nada de todo esto tendría sentido. Y todo (absolutamente todo, créanme amigos lectores, que para eso me dejo las pestañas en estos post) tiene sentido en esta Obra de Arte: fíjense en la foto de arriba del todo, con ambos tirados en el lago helado. La grieta del hielo ¿acaso no representa dos cosas?: no sólo la rotura sentimental futura, la balsa inestable de una relación; también la lesión cerebral a que se someten en la sala de borrado de Mierzwiak. Nada está por azar, y eso es indicio irrefutable de que nos hallamos ante arte de primera magnitud, donde el principio del relato es el comienzo, pero reescrito, reelaborado con el añadido de la vivencia emocional, del viaje exterior, pero sobre todo interior, en que nos embarcamos, enamorados de una historia de amor (valga la redundancia) como nunca jamás se ha contado en la entera Historia del Cine. Sean como los demás, y esperen 4 décadas a que lo digan otros con la ayuda del mejor crítico (el tiempo). Yo, por mi parte, sostengo eso ahora mismo.

(...) Hay más soledad, mezquindad, egocentrismo, fragilidad, celos, ignorancias, miedos, que verdadero amor, quizá. No estamos ante la típica historia (¿qué es típico aquí?) totalmente idealizada. Estamos ante una representación auténtica de unos acontecimientos dramáticos que suenan a absolutamente verdaderos. Poco importa el caos y la apariencia de anormalidad en los que nos zambullimos, una profundísima verdad emana de un relato construido con gran corazón por el director y los escritores. Sobre todo del director, por encima de un guión brillantísimo incluso.

Pero ya volveremos a eso (...). Al comenzar el proceso de borrado, iremos hacia atrás en el tiempo. Es decir, los recuerdos de Joel no se presentan al azar, como pueda parecer. Si nos fijamos bien, vemos que los recuerdos borrados van del más reciente (la última vez que la ve, mandarina el pelo, pelean y ella se va furiosa), al siguiente más importante, que es la discusión en el mercadillo (cercano a Lacuna inc., importantísimo, ya veremos por qué); y al siguiente, el almuerzo en el chino; y al siguiente, cuando ella llega recién teñida de mandarina.

Quedémonos ahí (recién teñida de mandarina, es un punto clave y lo retomaremos mañana) y rebobinemos, pero no en los recuerdos, sino en lo que pasa mientras se van borrando en la mente de Joel. Al comenzar el proceso de borrado (más o menos minuto 30) tenemos un momento de locura total, un prodigio de montaje por cierto, en el que lo que ve Joel, sus recuerdos, los recuerdos de sus recuerdos, etc, se suman en una locura total que te dice ahora viene lo bueno. La mezcla es tal que Joel se ve a sí mismo sentado en la silla de borrado en la calle del mercadillo cercano a Lacuna, mezclando imágenes que nosotros espectadores hemos visto.
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Y el montaje mezcla lo que vamos a borrar (casa de Joel, recuerdos) con la realidad en la que le están borrando la memoria (casa de Joel, realidad): mismo escenario, distintos personajes (Joel y Clem por un lado, Patrick y Stan por otro). Ahí tenemos el sensacional plano de Joel, mirando alrededor confundido, con la tele delante de él, reproduciéndole a él…Sí, una locura total, pero no hay tal locura, si lo pensamos bien: la lógica de lo ilógico.
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Patrick confiesa a Stan, mientras le borran esos recuerdos, el robo de las bragas de Clem y que se ha enamorado de ella. Tales frases entran en el cerebro de Joel. Este primer bloque termina con Joel dándose cuenta, en sus propios recuerdos con Clem, que alguien la llama igual que él (Patrick ha nombrado a Mandarina, como la llama también él…¡qué importantes son esos tintes!) cuando cae de la cama, cerca de ella, con la cortina con la que comienza, casi, una nueva película…
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No es coincidencia que las palabras de Mary Svevo (Kirsten Dunst) - ves un bebé y es tan puro, tan libre y tan limpio, y los adultos están hechos un lío de tristeza y fobias… - casi preceda el cambio en el curso de la historia, la rebelación contra el borrado de memoria. Clem se va con su nuevo novio Patrick, quien le regala el collar que compró Joel para ella, al lago helado donde todo empezó (o volvió a empezar…….) y ella se despertará en el lago del borrado en que vivía. Por supuesto, eso no lo vemos, vemos el despertar de él. Lo de ella lo hablaremos luego.
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Genial giro narrativo Porque nos habíamos quedado con la cortina. El recuerdo inmediatamente posterior a borrar es el que comparten ambos bajo la cortina que se han puesto encima a modo de manta (una cortina pocos minutos antes colgada). Es una bellísima secuencia: Clem le cuenta a Joel cómo se sentía de fea y de sola cuando era niña. Quizá el último recuerdo bonito de verdad que comparten. Por eso quizá cambia de opinión: no quiere que desaparezca. Primero quiere al menos guardarse ese recuerdo, pero luego quiere parar el proceso de borrado.
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Luz de linterna debajo de las mantas, con Joel reptando, luz de linterna o foco en el lago, con Joel buscando a Clem (perfecta simbolización de una memoria oscurecida y de la búsqueda de un objeto preciado dentro de ella…realmente es una parábola de primer orden), luz de linterna en la estaciónd de tren. Huyen, Joel llega al despacho (imaginario) de Mierzwiak, todo iluminado con luz de linterna. ¿Por qué luz de linterna? Qué extraño, ¿no? Ya veremos por qué.
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Todo termina en el recuerdo en el que Clem aún conserva el pelo rojo, en la escapada otoñal al bosque (donde abrirá los ojos al sueño y podrá abrirlos en el mundo real…¿acaso no hemos hecho todos alguna vez?). Intentará depertarse. Le pide ayuda a Clem, ella le aconseja que se vaya a recuerdos donde no le puedan encontrar. Eso hace. Huye a la infancia, a los recuerdos más escondidos, quizá más humillantes. Rozamos la hora de película.

(...) Mucho se ha hablado del guión y del guionista de este film genial. Y estoy de acuerdo en todo, por supuesto, en que es un guionista fantástico. Pero generalmente se le atribuye el mérito de Eternal sunshine a él, sólo a él, lo cual me parece tremendamente injusto, pero bueno. Sí es cierta la precisión de su escritura. Tópicos fuera en casi todo, o en todo, pero tenemos el primer giro (borrado de memoria) a la media hora, y el segundo giro (rebelación al borrado) a la hora.

Pero la estructura, la elaboración de las secuencias, no es nada si un director mediocre, o incluso inteligente y nada más, se hubiera hecho con este guión. Prueba de ello es la secuencia en la que Joel huye a sus recuerdos de infancia (el tan copiado truco de la lluvia en interior) y vemos un día cuando era niño, lloviendo, la bici empapada, charcos de barro, el niño Joel lamiendo el agua de lluvia.
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¡Qué representación tan verdadera! Eso, exactamente eso, es la niñez. Y con qué sencillez lo muestran. Es una escena a la vez melancólica (la soledad del niño) y vital (la diversión ante cualquier cosa en la infancia). Nada de todo esto estaba en el guión. Aquí comienza una nueva parte, algo más humorística, con detalles de la infancia de Joel, que mezcla también momentos humillantes de esa época de su vida.
Clem, para que el niño Joel (el único momento en que Jim Carrey se acerca más a su registro habitual) deje de llorar, le enseña la entrepierna. En el mundo real, Stan le mira la entrepierna a la recién conquistada Mary. El proceso de borrado se detiene. Entramos en el bloque más trascendental del film.
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Los operarios de Lacuna Inc. se encuentran con un inconveniente inédito. El cliente consigue detener el proceso de borrado dentro de su propia mente. De modo que el jefe, el Dr. Mierzwiak en persona, ha de acudir a las tantas de la mañana a ocuparse del asunto, abandonando a su mujer en el lecho de matrimonio. Se acabó la fiesta de Stan y Mary en casa de Joel (que no puede despertarse del proceso de borrado, pese a todo). Y Mary Svevo parece anormalmente alegre de que tengan que despertar al jefe del negocio y traerle por un fallo propio. De repente se olvida de Stan, con el que previsiblemente ha flirteado toda la semana y con el que se ha acostado en casa de Joel por primera vez.

Mientras tanto, continúa el momento cómico de Carrey caracterizado como el niño que fue Joel Barish, siendo también tan bajito como él: intenta convencer a Clem de que alguien intenta robarle su personalidad para conquistarla de nuevo. Pero es inútil, porque es la Clem de su mente, ¿no? es decir, no es la Clementine real, que está ahora en el lago con Patrick (aunque hace poco se acaba de despertar, recordando todo quizá...).

(...) Pese a las manos de mago del doctor con la máquina de borrado, Joel vuelve a lograrlo, y agarrando a Clem, sale corriendo con ella. Este es un momento absolutamente magistral, pues no solo se van borrando los elementos del cine al aire libre, sino que se borran elementos de la mente de Joel que él creo después de comenzar el borrado. Hablamos del momento en que acude a Lacuna Inc. para pedir que detengan todo. Se repite aquel recuerdo, con iluminación única de linterna, pero incluso las caras de ese recuerdo inventado están borrándose…
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Siguen huyendo hasta llegar a los momentos más humillantes de la adolescencia (masturbaciones) y de la infancia (el asesinato de un animal por coacción de sus amigos). Confieso que nunca he oído unos golpes (a un ave en la secuencia) que sonaran más terribles, con el piano maravilloso de Brion debajo. Y la intuición de Gondry como director adquiere tales rasgos de maestría que se permite la inclusión del plano de la pareja de ese ave, que al verla muerta desde un árbol echa a volar.
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Estamos en un grado de conmoción emocional tan grande, que la imagen del ave cuya pareja ha muerto posee una fuerza indescriptible, inenarrable. Y nace de la búsqueda de la emoción más básica, adentrando al espectador en el mundo terrible de los niños, después del aviso que es la hermosa secuencia de la cortina como manta. ¿Acaso no va vestida igual la niña que en la foto de Clem cuando tenía esa edad? Pero eso es imposible, pues no conoció a Clem de niña…Pero ya volveremos a eso.

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La habilidad de mago de Howard Mierzwiak logra encontrarle en todos los rincones a los que huye, excepto uno, el más esconcido, el más precioso…la casa abandonada de la playa. Es tentador otorgar a esa casa el símbolo de una relación: el oleaje del tiempo erosionándola, los pilares que la sostienen como los que sostienen una relación…Dice Clem our house. Esto es muy importante.
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Incluso ese momento en la nieve es borrado por el doctor, aunque no la casa…Entonces el borrado se detiene, porque vamos a contar otra historia del mundo real. La historia del doctor y Mary Svevo, que tuvieron un romance, del que ella quiso deshacerse borrándolo. El doctor no borró su propio recuerdo. Durante unos diez minutos nos olvidamos completamente de Joel y Clem. Mary despierta, como lo hizo Clem, aunque de manera diferente, del borrado. No recuerda nada, excepto sus sentimientos por el doctor, hasta el punto de besarle.
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Tal momento es visto por la mujer, quien, paranoica, ha acudido a casa de Joel. Lo cierto es que todo parece planeado para que Howard disfrute de una aventura. Pero no es así. En ese intenso pasaje del relato, nos hemos olvidado casi completamente de la pareja protagonista. Aquí hay otra pareja y otra historia borrada. Estas ramificaciones tramáticas logran darle a la historia mucha más densidad, mucha más verdad.
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De ahí pasamos a corte (a un plano en el que la bibliotecaria Clem está grabando los libros…mayor ironía imposible…o a lo mejor no es ironía, sino que tiene mucho sentido) y Joel acude a pedirle que salga con él, a pesar de que, según ella, está casado. Not yet, responde Joel. ¿A nadie le ha extrañado esta secuencia? Las únicas veces en las que Joel habla de otra mujer son al principio y al final, en la casa, y la menciona al doctor como alguien con quién él vivió…Un enigma más al montón, que luego intentaremos compilar. Aquí Clem tiene el pelo rojo, como en los mejores momentos de la pareja…Pero se están despidiendo. ¿A qué viene esta secuencia?
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Asistiremos poco después al verdadero (?) primer encuentro entre los dos, parecido pero distinto al del tren…En esta secuencia, la mejor de toda la película y, por extensión, una de las más bellas de las últimas décadas, Joel le habla a Clem como si narrase ese encuentro. Dice que se fue, que no se quedó con ella en la casa abandonada (a la que acuden con linternas, lo que explica la iluminación con linternas de aquellas secuencias de las que hemos hablado…). Pero ¿se quedaba para conocerla? ¿o para despedirla? En realidad da igual. Ambas cosas son lo mismo. Olas naranjas (¿mandarinas?) expresionistas son testigos del último beso. Todo se ha borrado ya.
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Todo se ha borrado ya. Sólo queda, porque el destino es benévolo, un resquicio para vencer al pasado: Mary Svevo. Dolida, por haber conocido que su memoria sentimental también fue borrada (porque ella quiso), envía todas las cintas de los borrados a sus dueños. En ellas los clientes hablan de sus ex-parejas de forma abierta. Nueva parábola (...), esta vez con motivo de la clásica situación de reencuentro de una ex-pareja, en la que hay palabras amables, pero flotan en el aire los reproches, los insultos, los trapos sucios…

En este momento el resto de la historia, todo el tema del borrado y de la lucha por retener los recuerdos más preciados, pasa a un segundo plano. Sólo hay dos personas. Se perdonan los mutuos errores y se conceden un poco más de tiempo. Ok, dice Joel, acepto lo que venga. Clem se emociona, parece que habrá más relación…
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El film (...) muestra de lo que una historia bien contada, de lo que unos personajes (todos) tan o más vivos (tan o más reales) que personas con las que uno puede cruzarse todos los días, pueden ofrecer a una pantalla. La conciencia de lo real. Aquí se ha creado lo que decía Dostoievski en sus cartas: yo no imito la vida, la creo…
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Empecemos por él.

Joel Barish es el prototipo de soltero apocado, serio (luego veremos que tampoco es tan serio), sensible, marginado socialmente. Es un hombre tan corriente, tan solitario, con tan escasa autoestima, que le es muy difícil entrarle a una mujer y hablarle, por muy fácil que le pongan las cosas (y Clem se las pone terriblemente fáciles…más o menos).

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Cuando va a fiestas, como la de la playa, se queda al margen, sitiéndose violento y extraño en situaciones como esa. Gracias a ello conoce a otra marginada, pero completamente opuesta a él. Inmediatamente, ya sea en la playa, cuando ella coge de forma inesperada su comida, o en el tren, cuando ella se pone a hablarle de forma inesperada también, se siente terriblemente atraído por ella. Es completamente todo lo que le gustaría ser a él: despreocupada, alocada, imprevisible, llamativa. Y además es muy guapa.

Y además le hace caso. Cosa que seguro no le ocurre a menudo. Cuando rompe con él, o más bien, cuando se larga sin más de su casa, su seguridad salta en pedazos. Y además, se siente terriblemente culpable: él nunca le contaba cosas íntimas, sentimientos (aunque ella habla demasiado y le impide expresarse); se negaba a tener hijos con ella; no salía por ahí a tomar copas con ella…
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¿Qué tiene de especial Joel Barish? Realmente, no mucho. Sin embargo es un buen tipo. Es también alocado, cuando se encuentra a gusto. Y, cosa curiosa, cuando él saca esa faceta de su personalidad, ella no le hace ni caso. Le parece que es una chica estupenda y especial, pero también cree que es inculta, mezquina, egoísta e inmadura. A veces siente pena por ella.

(...) En realidad, los rasgos de personalidad que más le van a Jim Carrey, al menos juzgando su carrera, son los de Clementine. Pero aquí es todo lo contrario al Carrey que siempre vemos. Hasta en papeles más respetados como The Truman Show o Man in the moon sigue siendo él. Pero aquí no. Aquí está totalmente despojado de cualquier tic de actor de slapstick y de bufón. Es una persona…completamente real.

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Pienso que Joel Barish tiene mucho más que ver con Carrey que todos sus otros personajes. La identificación es total. Y Carrey está perfecto. En un papel totalmente anticomercial, donde es dificilísimo lucirse o destacar. ¿Cómo le dirige Gondry?
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La palabra que define la dirección de Gondry sobre Carrey es el estímulo emocional. Joel es sereno sólo en apariencia, distante, neutro. Pero en verdad es tremendamente estimulable, y no sabe reaccionar ante la gente. Carrey no debía tener gestos, ni muecas, salvo en los momentos en que todo se le va de las manos.
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De hecho todo debía hacerlo con los ojos, y apenas moverse en las secuencias menos complicadas. Siendo un actor superdotado como él, darlo todo, recorrer una gran cantidad de estados anímicos, de emociones y sentimientos, para él es accesible. Y sólo con los ojos gran parte de la historia. Ah, y su voz. ¿La han visto en versión doblada? Imperdonable.
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La secuencia: La casa de la playa, desmoronándose, cubriéndole de arena.
Y está perfecto.
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Y sigamos con ella.

A primera vista, Clem es todo lo opuesto a Joe. No tiene miedo en hablar con extraños, es alegre y sin muchos complejos (aparentemente), y es vital y transgresora. Pero lo cierto es que conoce a Joel porque ambos se sienten incómodos en las celebraciones y se sienta a su lado en las escaleras de la playa. En el reencuentro de ambos, o posible creación mental de una historia mejor de Joel, curiosamente ella se acerca a él, cosa que él nunca haría.

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Joel es todo lo que ella querría ser, o tiene una serie de características y rasgos que ella echa en falta en sí misma: no es arrogante ni iracundo, no cambia de estado de ánimo continuamente, aparenta madurez, aparenta serenidad (como ya hemos visto, tanta no tiene). Pero sobre todo es un hombre que no parece echarla de su lado cuando ella se muestra tal cual es.
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Están juntos más de dos años, y en ese tiempo ambos acaban bastante cansados el uno del otro. Con toda probabilidad ella ha tenido relaciones con otros hombres, aunque fueran meramente sexuales, y él las ha consentido. Si no es así, ha habido alguna historia fuera de la relación. En ese tiempo ella se acaba sintiendo atrapada, encarcelada por la relación, y ya le da igual que Joel la acepte tal cual es. Se aburre y quiere tener hijos, y no sabe plantearle a Joel esa necesidad.
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En realidad toda esa alegría y ese desenfado esconden una vida y un estado emocional inestables y llenos de problemas, amén de mucha melancolía y un buen trago de desesperación. Sólo busco mi propia paz de espíritu, le dice en la librería a Joel. Y es una de las pocas verdades que dice en toda la película.
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El resto del tiempo le cuesta decir lo que realmente siente, por mucho que parlotee sin parar. Hablar no es necesariamente comunicarse, le advierte Joel. A pesar de trabajar en una librería, tiene un vocabulario limitado y es posible que no estudiara en la universidad. El hecho de acabar con Joel tiene más que ver con su búsqueda de alguien que le de esa paz y que le demuestre que se puede estar algo chalado sin que te crucifiquen.
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Maravillosa, maravillosa Kate.
En la edición de 2005 de los Oscar (que entregan los premios a las producciones de 2004) este film fue premiado sólo en el de mejor guión original. Kate Winslet fue nominada, por su parte, a mejor actriz en papel protagonista. No ganó, porque estaba la extraordinaria Hillary Swank en la no menos extraordinaria Million dollar baby. Pero si hubiera ganado nadie debería haberse asombrado.
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Está perfecta, igual que Carrey en su papel, en un rol que, en principio, no le va para nada. Sin embargo sospecho que es un papel con el que se sentiría terriblemente indentificada (¿acaso no nos sentimos todos identificados con ella?)
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La palabra clave de Gondry en su dirección debió de ser la velocidad, y el cambio. La generosidad compartida con un egoísmo atroz. La máscara de esas personas que intentan aparentar siempre una alegría, un estado óptimo, mientras quizá se sienten perdidos y sin rumbo.
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Inolvidable por siempre Kate Winslet. Y guapísima.
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(...) Se suele hablar mucho del guión del singular Charlie Kaufman, que es, ciertamente, un guión tan brillante como se suele decir, como lo más fundamental para el éxito de esta película. Yo no estoy de acuerdo. Creo que lo más importante es, por este orden, la visión del director, Michel Gondry, la entrega de sus actores, todos sin excepción, y el guión de Gondry. No vamos a entrar ahora en la vieja polémica de que lo más importante es el guión. Es capital, por supuesto. Pero este puede ser, fácilmente, uno de los guiones más difíciles de leer que se han visto por ahí, y es meritazo de Gondry (que vale, es autor también de la historia, pero no del libreto), el haber leído el guión y haberlo entendido todo tan bien y haberse hecho dueño de él.
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Gondry, curtido en muchos vídeos musicales, y en multitud de comerciales y trabajos menores, es un francés afincado en Estados Unidos que, a los 40 años, en su segundo largo, ha conseguido lo que muchos directores de talento esperan hacer a los 50 o 60. Esto es: filmar una película imperecedera. Probablemente ni siquiera se lo planteara. Es decir, él sabía que estaba filmando algo muy emocionante, pero es poco probable que supiera que lo conseguido era una de las cimas del arte de los inicios del siglo XXI, y, por extensión, de muchas décadas de cine irregular.
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Con una puesta en escena nunca enrevesada, sino absolutamente clásica, aunque de un ingenio arrollador y con una mirada absolutamente única, el director nos narra una historia con tanta y tan pudorosa sencillez, con tanta y tan espeluznante humanidad, que hay que verlo para creerlo. Dudo mucho que el trabajo posterior del cineasta se acerque siquiera a esto, aunque supongo que lo intentará.
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El autor del origen.
No creo que haya ahora otro guionista, salvo quizá Alan Ball o Ronald Harwood (entre otros, muy pocos), que puedan tener el prestigio de Charlie Kaufman, uno de esos raros guionistas puros cuyo talento y personalidad impregnan cada obra de la que forman parte, y desde luego la película que nos ocupa es el más claro exponente.
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Estaríamos varias horas (de hecho ya las hemos estado, desgranando la película secuencia a secuencia, prácticamente) para observar la extraordinaria habilidad conque Kaufman hila un guión con miles de posibilidades, sin dejar nada al azar, donde todas las ideas de la historia tienen un fundamento y donde los personajes cobran vida al ser encarnados por actores (no como en la mayoría de los guiones, donde es difícil que el actor pueda sentirse a gusto).
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Dicen que en la actualidad prepara su debut como director (Synecdoche, New York). Era esperable, pero los grandes guionistas que dirigen por inercia no terminan siendo buenos directores generalmente. Ya veremos cómo le queda.
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¿Everlasting love?
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Bien, llegamos al final. Hemos diseccionado, prácticamente secuencia a secuencia, este relato para explicar, punto por punto (aunque nos hayamos dejado, como es natural, numerosos detalles…esto no es un libro, es un blog…algún día escribiré un libro sobre ella, prometido; otra cosa será que alguien quiera publicármelo…), hemos hablado de los actores, de las claves de su trabajo, del director y del guionista.
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Hemos comentado el gran trabajo del músico Jon Brion, quien ha creado una bella, extravagante y singular música para el film. En una historia tan de remembranza como este, donde es tremendamente importante la percepción sensorial, la marca emotiva, una música como ésta es un regalo del cielo, pues te ayuda a contar la historia de forma que todo resulta más fácil. A ella va unida una creación de sonido, a cargo de Eugene Gearty (habitual de Scorsese y los Coen, nada menos) que es todo un alarde de diseño.
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No hemos comentado nada de Ellen Kuras, la operadora jefe, quien realiza un trabajo soberbio de lentes y objetivos, siendo capaz de alternar gran cantidad de distancias focales y de ambientes, para crear una luz y un aspecto visual muy rico en matices, y siempre ayudando a contar la historia que el director quería contar. Una cámara inquieta, a cargo de un fenomenal Chris Norr, cuyos contínuos movimientos siempre están sentidos. Esto es: a cargo de contar, de narrar, más que de llamar la atención sobre sí misma.
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Mención especial para el diseñador de producción, el maravilloso Dan Leigh, quien diseña un mundo melancólico pero verdadero, nunca falso, ni abigarrado, y que se adentra en el mundo de cada personaje para dotarle de vida en los pequeños detalles de forma magistral. También mención especial para uno de los montajes de lo que va de siglo, el que hace Valdís Óskarsdóttir, un montaje que debería al menos haber sido nominado al Oscar, y quizá ganarlo.
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Todos ellos, y muchos más, en varios departamentos, están plenamente engarzados y dirigidos con mano maestra por Michel Gondry, que es el director y, a fin de cuentas, el capitán del barco. Él es el que tiene el mérito de que todo funcione.
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Las cosas buenas nunca mueren.

Es este un film que da miedo. Que asusta. Uno de esos raros relatos que le parecen a uno (toda vez que la historia le ha atrapado, y cuando eso ocurre no hay marcha atrás) más reales que la vida misma. Más auténticos que la vida misma. A pesar de que, en sí mismo, uno nunca sabe muy bien qué es real o qué no. Pero no le importa.
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Un relato cuyos 15 primeros minutos son un comienzo por todo lo alto, por lo más arriba; aunque de forma sencilla y serena. A continuación el relato se rompe, y pasa a ser otro relato completamente distinto, pero es el mismo. Y luego, a la media hora, se vuelve a romper, vuelve a fugarse a un territorio completamente nuevo. Y aún así el equilibrio se mantiene, el prodigio se eleva y se eleva, para no desfallecer.
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Más pudoroso, más humano, más verdadero…es imposible. Como imposible no es sentirse totalmente identificado con los protagonistas. Sospecho que cualquiera que la vea sentirá lo mismo. Quizá no aquellos incapaces de ver más allá. Pero una cosa sé que es cierta, el que pueda ver que vea.
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Hemos terminado ya".



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