Monday, 19 March 2007

La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas (Cap: 5: La imagen cruel)


¿Alguien recuerda el libro de Román Gubern titulado La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas al que dediqué una entrada hace tiempo? ¡Yo tampoco! Pero el caso es que lo terminé hace bastante en mis ratos muertos perdido en la Biblioteca Pública de Zaragoza (NOTA: La imagen que encabeza este texto es un reflejo auténtico del ambiente de lectura que predomina en este edificio:-) y me resultó tan interesante como prometía en un principio. El problema es que mi naturaleza olvidadiza hubiese logrado que no comentara más el texto en este blog si no llego a encontrarme con esbozos sobre el libro en el borrador de mi móvil hace dos días. Pero los encontré, los releí, y escribí esta entrada, en la que resumo (aunque resumir es decir mucho, pues no recuerdo la mayor parte del libro y mis comentarios se basan en fortuitas anotaciones de mi móvil) el quinto y último capítulo, el que inspiró a Amenábar para escribir Tesis (y el más interesante junto con el primero y el segundo -que todavía no he comentado-).

Capítulo 5: La imagen cruel.

Román Gubern nos recuerda desde el comienzo del capítulo que en el arte siempre han estado presentes la crueldad y los sentimientos contradictorios que se producen al visionarla (y los juegos que esto da lugar): un buen ejemplo de ello, dice el autor, es la Flagelación de Hans Holbein expuesta en el museo de Basilea, que nos muestra descaradamente la visible erección del verdugo flagelador (¡recordemos también a los tarados de Hostel!).






Después, realiza un análisis en profundidad de esta cuestión para terminar centrándose en el mundo del cine. Con la famosísima El acorazado Potemkin, de Eisenstein, este director logra una de las primeras escenas crudelísimas del cine, según Gubern, jamás vista antes. Aunque parecía difícil superar la crueldad de algunas de estas imágenes, en 1929 Buñuel estrena Un perro andaluz, que contiene la mítica escena del ojo seccionado. Lo más fuerte de esta escena es que el corte filmado es un corte real; no es un ojo humano, sino animal, pero es real y ‘se nota’.






La censura atacará fuerte a la representación de la crueldad en el cine, al igual que atacó desde siempre a la imagen pornográfica, pero los directores siempre se refugiarán en ambigüedades, y en lo que ‘el ojo no ve’ Incluso El signo de la cruz, del correctísimo Cecil B. De Mille, contiene ciertas imágenes de gorilas acechando a cristianas en el circo que rozan lo no permisible. Una de las películas resaltadas por Gubern en este capítulo es la archiconocida (e interesantísima) La parada de los monstruos (oí una vez que la palabra freak adquirió su significado a raíz de esta película, pero desconozco si este rumor es cierto -personalmente no me parece demasiado probable, e incluso puede que lo haya imaginado-), que contiene reflexiones sobre el monstruo y lo feo realmente admirables.


Desde el comienzo, este film ya contiene destacables puntos fuertes, como la imagen del publico admirando a esa bestia que no podemos ver (y que analiza el efecto de ‘repulsa y admiración’ que lo cruel -lo feo- produce en nosotros). En este film, dice Gubern (y yo lo respaldo), los monstruos naturales no son los que nos asustan. Sí lo hace el monstruo artificial, el anteriormente envuelto por un halo estético favorecedor…


También se recuerda en este capítulo al film de culto de Michael Powell titulado El fotógrafo del miedo, con su malsano juego de espejos y su exploración de las raíces profundas de la tortura y la filmación y posterior regodeo producido por la visión de esa tortura (nos encontramos aquí con uno de los primeros estudios acerca del snuff y sus posibles motivaciones).






Tras estos dos importantísimos films, Román Gubern se centra en los dos tipos de terror más habituales del cine: el terror demoníaco (desde La semilla del diablo de Polanski a su antítesis, la pornografía de la crueldad, es decir, El exorcista) y el terror apocalíptico (desde La noche de los muertos vivientes de George A. Romero (en el capítulo Gubern no deja muy bien parado al género calificado gore: La noche de los muertos vivientes puede ser interesante, pero califica a películas como Holocausto caníbal -que se regodea entre burlas de lo cruel mezclando lo asqueroso, lo sexual y lo festivo- como ‘deleznables y oportunistas’) a Los pájaros de Hitchcock).

Pero también hay, aparte de estos dos terrores, otro tipo, otros monstruos: los inocentes perversos (La ingenua libertina de Colette, Lolita de Nabokov, Baby Doll de Tennessee Williams…). Y digo yo… ¿Los hijos de puta de ¿Quién puede matar a un niño? qué son? ¿Inocentes perversos, terror apocalíptico o demoníaco (personalmente, a mí no me convencen estas clasificaciones, pero el autor realiza un repaso tan completo al cine ‘cruel o de terror’ -aunque se olvide de algunos protagonistas típicos como los vampiros- que se le puede pasar todo por alto)?





Otras películas curiosas acerca de todos estos terrores son el Estoy vivo de Larry Cohen o Cromosoma3, de Cronemberg. El monstruo inocente no es algo típico, pero también ha estado presente en el cine, como por ejemplo Carrie, de Brian de Palma (¿y Frankenstein?)... Y con La noche de Halloween, de John Carpenter, comienza un nuevo género: el slasher, que tantas malas películas y repeticiones burdas nos ha dado.
Con el tiempo también nos llega un nuevo tipo de final, el final negativo, en el cual el vencedor resulta ser ‘el malo’, ¿ejemplos? El Nosferatu de F. W. Murnao, la Rabia de CronembergEl cine de terror también ha servido para estudiar el comportamiento del hombre en películas como El vampiro de Dusseldörf, con sus constantes guiños al psicoanálisis o El resplandor de Kubrick, en la que el director nos muestra la paranoia y autodestrucción que produce la soledad, contradiciendo así la idea de Defoe de que el hombre puede superar su aislamiento con esfuerzo físico y voluntad.

El exorcista inauguró en el cine comercial algo que ya hemos denominado como ‘la pornografía de la crueldad’. Frente a estas películas y la epifanía slasher (La matanza de Texas, por ejemplo) todavía quedó espacio para otro tipo de cine como Los ojos de un extraño, de Ken Wiederhorn... o Relámpago sobre el agua, de Win Wenders, en la que el director logra cruzar una nueva frontera: en el film, Wenders graba las conversaciones mantenidas con un amigo, enfermo terminal. Graba su agonía, el olor a muerte, pero se detiene en el final, evitándonos así la escena final, que por otro lado sentimos ya haber visto. En Relámpago sobre el agua, un documental tan impuro como el triunfo de la voluntad, se llega a la última frontera; únicamente con la película de Win Wenders y con el snuff la cámara deja de ser la máquina para rehacer la vida, como quería Marcel L’Herbier, y pasa a ser la máquina para robar la vida.

The Brave, de Johnny Deep, Videodrome, Hardcore, un mundo oculto o Asesinato en 8 milímetros estudian desde diversas perspectivas esa ultimísima frontera que supone el mito (¿?) de la snuff movie. Entre las reflexiones acerca del snuff que Gubern realiza en este capítulo (que son tantas y tan interesantes que merece totalmente la pena leer el original), encontramos que ‘en el cine snuff raramente hay violación: es el cuchillo quien sustituye al falo, y la mueca agónica de la víctima constituye la contrapartida trágica de la dislocación facial durante el orgasmo’…

No obstante, a falta de pruebas concluyentes, el género propiamente snuff (ya hay filmaciones de muertes reales, sí -las vemos, por ejemplo, de vez en cuando en cualquier telediario- pero en ellas no se tortura o mata a la víctima con el objetivo de filmarlo y visionarlo posteriormente por placer o incluso llegar a comercializarlo),




(AVISO IMPORTANTE: El vídeo que viene a continuación contiene imágenes de violencia explícita bastante desegradables -eso sin contar su burda manipulación política y su horrendo sonido-, así que tienes que ser mayor de 18 años para verlo)


el oscuro mundo reflejado en Tesis, continúa siendo un mito… Y digo yo: ¿por qué a la gente no le bastará con los placeres sencillos de la vida -coronados por la petit mort- :-)? ¡Si no se puede pedir más!


Al final de este capítulo (y de este libro) creo recordar (pero no me hagáis demasiado caso porque las anotaciones de mi móvil son bastante malas) que Román Gubern nos habla de films más actuales como La -gore- pasión de cristo de Gibson (¿o hablaba de ella en el capítulo 2 -La imagen religiosa-?) o Asesinos natos, y también (creo) hace un inciso para hablar de films en los que, al contrario de lo que suele ser habitual, el énfasis se sitúa en el punto de vista masoquista (Crash -la buena, la de Cronemberg-, La Pianista…) Al otro lado del espejo, en el otro extremo, tenemos el sadomasoquismo que nos viene de los países pobres de Europa del Este, en los que chicas jóvenes se dejan hacer por dinero humillaciones que bordean lo ilegal, y que Román Gubern no duda en criticar.

(AVISO IMPORTANTE: el link que incluyo a continuación pertenece a una página de contenido sexual de dudoso gusto (mi objetivo es tan solo el de ilustrar el último ejemplo de sadomasoquismo expuesto en este capítulo), así que si entras lo mínimo que debes tener es la mayoría de edad -y que conste: con leer mi entrada y tener algo de imaginación ya es más que suficiente-)

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